23 marzo 2010

Miedos


Cuando le clavó el alfiler en el ojo, no pude evitar mirarla de arriba abajo.

Una náusea me vino a la boca con el sabor ácido del desayuno. Luego volví la cara hacia otro lado y traté de fijarme en la gente que entraba en el vagón sin dejar de mirarla de reojo.

El Metro arrancó de nuevo. Durante unos segundos, se apagaron las luces y yo imaginé a la pelirroja buscando entre los pasajeros a su nueva víctima, esta vez de carne y hueso, pero al encenderse, comprobé que seguía sentada a mi lado, mirando fijamente la fotografía que agarraba con una mano y deslizando la punta del alfiler sobre ella hasta que decidía un nuevo sitio donde clavarlo mientras apretaba fuerte los labios. Ni siquiera observaba a las personas que tenía a su alrededor, como si estuviera concentrada en algo muy importante. La tercera vez que lo hizo, aquella pelirroja ya no me resultó tan atractiva, sus tacones rojos de charol no parecían brillar tanto y dejé de buscar la manera de entablar conversación con ella para enterarme de su nombre.

Tampoco podía quitármela de la cabeza, incluso soñaba con ella. Me despertaba sobresaltado creyéndome su acerico, pero volvía a dormirme con la imagen de su culo perfecto debajo de aquella falda imposible. Al despertar, una ducha rápida y listo. Salía de casa corriendo y mirando el reloj porque no quería perder el Metro de las siete y media.

Parapetado detrás de un libro o de un cuaderno como si eso me convirtiera en invisible, la miraba a mis anchas de los pies a la cabeza. Dejaron de interesarme los otros pasajeros y se volvió aburrido comparar las narices de los que entraban, el tamaño de sus bolsos o cuánto tardaban en encontrar asiento. Ni siquiera ojeaba los libros y apuntes de los que tenía al lado ni bajaba la música de mis cascos para enterarme de sus conversaciones, como si allí no hubiera nadie más que ella.

Llevábamos poco más de una semana coincidiendo en el vagón de cola y ya la había imaginado como ama de casa, amante perfecta, psicópata desquiciada o dulce profesora de guardería. En cualquier caso, yo siempre estaba a su lado y eso era mucho más divertido que mis apuntes o mis otros compañeros de asiento. A veces íbamos juntos también en las escaleras mecánicas y en el camino de salida, aunque eso supusiera llegar un poco más tarde al trabajo por bajarme un par de paradas antes.

No me gustaba verla con el alfiler en la mano, pero seguro que tenía alguna explicación y se me ocurriría algo para descubrirla.

Estaba tan decidido que, una tarde, al llegar del trabajo, me senté en el sofá del salón y coloqué el espejo del baño delante de la tele para verme. Luego empecé a ensayar conversaciones que había empezado a escribir en mi cuaderno mientras me movía imitando los vaivenes del vagón. Dos horas después estaba convencido de que al día siguiente seríamos amigos. Le explicaría mi afición infantil a clavar alfileres en el mapa que tengo en la pared del cuarto de estar cuando viajo a alguna ciudad y ella me contaría entre sollozos quién era la chica de la foto y vendría a conocer lugares conmigo, seguro. Dejé el espejo de nuevo en el baño y me fui a la cama.

Me desperté sudando, nervioso. Camino del Metro repasaba la forma de acercarme a ella y los posibles quiebros en la conversación si me daba calabazas. Tenía las manos heladas.

Entonces me acordé de mi primer día de colegio y de todas las chicas a las que había conocido entonces con no demasiada fortuna. Siempre me gustaron las más guapas, las mayores…las que se reían del cuatro ojos enclenque cuando intentaba hablar con ellas y no podía evitar tartamudear.

Me apoyé en la pared sintiendo un pinchazo fuerte en el costado. Me acordé también del profesor de gimnasia. Nos mandaba dar vueltas corriendo al patio y yo me quedaba el último. Miré el reloj y traté de respirar hondo. En un par de minutos el tren llegaría al andén.

Cuando lo hizo, me senté en un banco y saqué mi pañuelo para secarme la frente. Las puertas se abrieron y yo seguí sentado mirando mis zapatos sin atreverme a entrar en el vagón. Se volvieron a cerrar y el ruido fue alejándose. Cerré los ojos. Respiré hondo. Alguien me dio un golpecito en el hombro.

–Perdona, ¿te encuentras bien?, ¿puedo ayudarte?

No dije nada. La pelirroja de tacones de charol se hubiera reído al oírme tartamudear.
20 marzo 2010

Instantes

No todo pueden ser sonrisas, ni emociones.

No todo puede ser como nos gustaría.

No siempre nuestros amigos actúan como esperamos, nuestros hijos como desearíamos y nuestras parejas como necesitamos.

No siempre sabemos estar a la altura de lo que quieren los demás de nosotros ni podemos dar o recibir la caricia que en ese momento nos hace feliz.

Pero hay instantes en los que alguien nos hace tocar el cielo con la punta de los dedos y replantearnos cuáles son las cosas que de verdad merecen la pena.

En esos momentos, justo en esos, me doy cuenta de lo afortunada que soy por todo lo que me rodea.

16 marzo 2010

Las cosas son...como son. O no


Miguel estará esperándome. Y sé que no le gusta hacerlo, pero prefiero volver andando a casa, aunque esté cansada.

Le diré que había cola en la tienda y que tuve que esperar para hacerme el piercing hasta que terminaron con el tatuaje de otro cliente.

Seguro que sonríe cuando compruebe que sí me he atrevido. Da igual si me sentí como una vaca a la que estuvieran marcando, y da igual el miedo que me daba aquel tipo con guantes de látex metiéndome los dedos hasta la campanilla y sujetándome la lengua con unas pinzas, eso no se lo contaré y él tampoco querrá saberlo.

Mi hermana sí, ella no me dejará en paz hasta que le explique por qué he hecho esto. No le gustará, seguro. Preferiría que vistiera ropa de marca a verme con el pelo rapado y botas de militar, pero es que no se puede elegir todo, las cosas son como son. Miguel tampoco le gusta, por eso ya casi no viene a verme, aunque no lo diga.

La boca me sabe fatal y tengo la lengua tan hinchada que apenas puedo moverla. Se pasará, eso me han dicho. Una semana comiendo helado y listo. Si no se infecta, claro, que en la boca es fácil. Lo que me faltaba. Tendré que estar callada en el trabajo para que no noten nada. Una semana.

En la calle, solo algunas farolas encendidas. Una pareja se abraza sobre un banco y algún que otro despistado hace deporte o vuelve a casa. Me quedo mirándolos. Hace mucho tiempo a mí también me gustaba correr, y abrazarme en un banco, y comer helados sin tener la lengua tan hinchada.

Miro el reloj. Aún es pronto, podré sacar cualquier cosa de la nevera para apañar la cena. Noto la bola de metal que choca contra el paladar y da pinchazos que llegan hasta la encía, como latigazos que recorren la boca. Hace frío, lo siento en la cara, bajo gotas de sudor que me empapan el flequillo, hasta puede que tenga fiebre, pero será normal, al fin y al cabo, me han hecho un agujero sin ningún tipo de anestesia. Me agarro la bufanda y la aprieto contra el cuello acariciándolo. Luego compruebo que los botones del chaquetón están abrochados y me encojo de hombros para que no me dé el aire en las orejas. Sin soltar la bufanda, la imagino como una soga que me va cortando el aire mientras me acaricia. Me toco la frente, está ardiendo, por eso pienso cosas raras.

El dolor de la lengua no se pasa. Restriego la punta de la lengua contra los dientes mordisqueándola, pero apenas la siento. Sí los pinchazos en la parte del centro, justo donde la barrita de acero que la atraviesa y que no me atrevo a mover.

Miguel no habrá cenado, pero no se enfadará. Dice que el sexo es mucho mejor con un piercing.

Falta una manzana para llegar a casa y cada vez camino más despacio. Al doblar la esquina, miro hacia arriba. La luz del salón está encendida. Una náusea me viene a la boca y hace su sabor aún más desagradable. Pienso en mi helado. Escupo sobre la acera un líquido viscoso y blanquecino y me imagino a Miguel, abrazándome y haciendo planes para otro pendiente.

Me paro delante del portal. Miro el reloj. Saco las llaves que llevo colgadas por debajo de la camiseta y pienso otra vez en las sogas que aprietan el cuello. Las llaves están empapadas.

Suena un claxon, mi hermana, que ha venido a verme. Jueves la llamábamos en casa, pero eso era antes, cuando corría para que me diera el aire, me dejaba abrazar en los bancos y comía helado sin tener la lengua hinchada. Me quedo quieta un momento y luego meto la llave en la cerradura mientras levanto la mano para despedirla. Su coche no se mueve y me hace gestos para que vaya con ella. Los coches de detrás empiezan a ponerse nerviosos. Miguel saldrá al balcón si siguen pitando.

Tiro de la bufanda que me envuelve el cuello y la dejo sobre la acera antes de montar en el coche. Luego abrazo a mi hermana, cierro la puerta y miro por la ventanilla. La luz del salón sigue encendida.
08 marzo 2010

Abre los ojos

(Esta semana tocaba escribir un monólogo. Se me ocurrió la idea, intenté escribirla desde el punto de vista de una madre y no pude. A veces los ejercicios sacan nuestros miedos o nuestra esperanza, supongo. Y esto es lo que hay. Solo un ejercicio, un monólogo...)


Han dicho un momento, vale. Puedo estar aquí los momentos que quieran, pero no voy a decirles lo que quieren oír. Esto es un error, coño.


Tú no eres mi hijo y no lo vas a ser por más que se empeñen esos médicos que te han colgado una etiqueta en el pie. Valientes cabrones, andar sin ojo llamando a cualquiera.


La culpa es mía, que siempre ando sacándole las castañas del fuego, y desde que se ha juntado con esa calaña, peor. Cuando no es para darle pasta, es para sacarle del trullo o para poner la cara delante de otros. Joer, en mi vida he pedido tantos favores para nadie, pero claro, un papá con contactos le viene bien a cualquiera. No sé a qué coño te estoy contando esto, bastante te importa donde estás. Tú qué sabrás de recurrir a nadie.


Tú no eres mi hijo y punto. Él me habría llamado, sabe que puede contar conmigo aunque luego le dé la chapa sobre las cosas importantes de la vida. Y en el fondo solo lo hago para sentirme mejor, para lavarme la conciencia y convencerme de que he hecho lo correcto. Como si yo supiera qué es lo correcto. Lo cómodo, eso es lo que he hecho siempre, quitarle el problema para no ver lo que hay detrás. Presumo con mis colegas de hijos perfectos y ni siquiera sé las cosas que les gustan.


Tú no eres mi hijo, joer. No hace falta más que verte. Borja está enfermo, sí, pero se va a curar en cuanto se aparte de las malas compañías. Además, él no tiene tu cara de cera ni se ve tan flaco.

Que no, coño, que no eres mi hijo. Seguro que te han pintado el lunar de la barbilla. Lo habrán visto en su foto y si cuela, a otra cosa. Pues no, por ahí no paso, fíjate.


Me han hecho venir para nada. Borja no me habría sacado a estas horas del despacho, con las mañanas que tengo. O igual es una treta del cliente contrario para que no aparezca hoy por el Juzgado, otro que va de listo. Y mira que le dije a Carmina que no me pasara ni una llamada, pero abrió mi puerta y se echó a llorar. Lleva poco tiempo. Otra no se hubiera atrevido. Mujeres. Ni siquiera me he molestado en consolarla, le dije que era un error y salí para acá echando leches para deshacer el entuerto. Luego llamé a Borja, pero tenía el móvil apagado, como siempre. Se lo habrá dejado a algún amigo de esos que le chupan la sangre. Y es que lleva unos meses que no hay quien le entienda. Bueno, su madre sí, por eso se pasa las horas llorando delante del ventanal del salón prediciendo una desgracia. Que si no me gusta con quién va, que si tiene demasiado dinero o que si no hemos sabido educarle. Y no, es que este hijo mío es tonto. Pero es bueno, joer, tú no le conoces. Puede que yo tampoco. Tendrá tu edad más o menos, pero él no está tan flaco. Ven a alguien con dinero y se agarran como garrapatas, eso es lo que pasa. Y se lo advertí, que no he pagado un buen colegio para esto, que tú tienes sitio en el despacho, pero los hijos ya se sabe, como tú, que menudo te han dejado, menos mal que no puedes verte.


O puede que seas alguno de ellos, sí, por eso os han confundido. Te dejaría su cartera y ahora quieren colgarte una etiqueta y acabar con esto. Pandilla de mamones, estos no me conocen. Ni a Borja, él no puede acabar así, tapado con una sábana y con un frío del carajo.


Sobredosis, han dicho. Como si mi hijo se metiera esas mierdas en un banco del parque. Eso les pasa a otros, a los que no tienen nada y van dando tumbos, no a un chaval que estudia en el Liceo y habla tres idiomas.

Su madre es de otra pasta. Ve las tormentas antes de que lleguen y por eso ahora apenas me habla. Como si el dinero cayera del cielo y no hubiera que meter horas para conseguirlo. Creo que tampoco a ella la conozco. Lo que daría por poder echar atrás y hacerle un poco más de caso. Que vale, que no tendría un cochazo o habría llevado a los niños a un internado, pero a lo mejor era más feliz.


Tú no eres Borja. Y ya te están borrando ese lunar y buscando al dueño de la cartera o
les corro a hostias. Estos no saben lo que es estar en el trullo, pero se van a enterar cuando salga. Unos minutos. Sí, unos minutos ellos si quieren, para velar a sus muertos. Díselo, anda. Abre los ojos y explícales que tienes una vida por delante y que no te vas a quedar en este agujero. Diles que mi hijo tiene un sitio en mi despacho, como mi padre y como tendrán mis nietos. Se acabaron las juergas sin sentido y esa calaña de amigos que se agarran como garrapatas.


Venga, díselo. Tú no eres mi hijo, él tiene un montón de planes. Abre los ojos de una puta vez, joder. No me hagas esto. Nos vamos los dos para casa y que se jodan todos esos medicuchos de bata blanca.


Tú no eres mi hijo, eso solo les pasa a otros, estoy harto de verlo.


Abre los ojos, hazlo por mí. Hablaremos, te lo prometo, pero coño, abre los ojos, Borja.


¿Cómo le digo esto a tu madre?

Si quieres llevarte bien con las hadas, no copies textos sin permiso.
Diseño de Joaquín Bernal • Ilustración de Sara Fernández Free counter and web stats