13 septiembre 2010

SUMAS Y RESTAS


Mi Basilio se ha pasado media vida con una pesa diminuta en el bolsillo. Tan desgastada está, que no parece de la misma colección que el resto. La conserva desde crío. Se la regaló su abuelo con una balanza de latón que guardaba en la farmacia. Basi tenía entonces dieciséis y ahí la sigue llevando, siempre rompiéndole los bolsillos del pantalón o atascándome la lavadora. Intenté colocársela en el escritorio, pero protestó como un niño porque ese no era el sitio, y lo mismo cuando la puse en la mesita de noche o en la alacena del salón. Conociendo su cabezonería, lo dejé por imposible. Además, cuando la recuperaba, se le ponía una sonrisa bobalicona en la cara y los ojos le brillaban como si fuera a llorar.


Siempre las pesas, desde que estamos juntos. Y siempre el abuelo, que aunque no llegué a conocerlo, me sabía de memoria su cuento de sumar y restar. Toda una vida para convencerme de lo que significaba. Cuando no era por la boda, era por el entierro de un amigo, o porque nacieron los críos, o porque lo ascendían en el trabajo, pero pasaba un buen rato eligiendo una u otra y al final se la colaba en el bolsillo como un amuleto. Como él dice: si no fuera por la pesita de marras, puede que no nos hubiéramos conocido. Fue hace tantos años…en el parque, eso lo recuerdo bien.


Basilio estaba apoyado en una columna del templete, mirando hacia los lados. Se rascaba la cabeza sujetando fuerte una caja de madera oscura, nervioso. Pasé un par de veces por delante haciéndome la despistada y al final me senté en un banco esperando que me acompañara, pero él ni siquiera me vio, así que me acerqué para preguntarle si estaba bien, no sé, esas cosas que se hacen sin pensar. Dudó un poco, pero le convencí de que yo era de fiar y me contó que andaba buscando un sitio donde esconder un tesoro para que no lo rompieran jugando sus hermanos pequeños. Entonces recorrimos juntos los que se nos fueron ocurriendo. Era temprano y apenas había gente en el parque.


Fuimos a la esquina, detrás de la piedra grande, pero los chavales descubrieron que se movía y colaban petardos dentro para que sonara más fuerte. La baldosa rota de la farola la habían arreglado con cemento, en la cueva del estanque se habían colado los patos y al árbol hueco ya no dejaban trepar porque estaba enfermo. Basilio se rascaba la cabeza y sujetaba fuerte su caja de madera. Tenía que encontrarle un lugar. Lo había prometido, cuidaría de la vieja balanza. Nada. Ni una idea. Me contó que se le ocurrían muchas cosas cuando estaba dormido, pero que no era capaz de recordarlas. Luego se tapó la cara con las manos y empezó a gimotear como un niño. Lo acompañé hasta su portal.


– Apúntalas –le dije- y al día siguiente me presenté en su casa con un cuaderno pequeño. Mi primer regalo.


Mi Basilio se ha pasado media vida poniendo y quitando pesas del platillo, como le enseñó su abuelo, y con una encima, para no olvidar sus sumas y restas. Las piezas más grandes, para cuando ocurrían cosas importantes y alguna pequeñita cuando perdía algo. En casa de sus padres, escondía la caja debajo de la escalera, luego, aquí, empezó metiéndola en un altillo y hace unos años los hijos le regalaron una vitrina para que la tuviera a la vista. Que hasta se la llevó al viaje de novios y todo escondida en la maleta. Si me hubiera cuidado a mí como a su cajita, puede que no me dolieran las rodillas o que siguiera teniendo la piel como entonces, a base de caricias y de gamuza limpia. Ni siquiera se ha oxidado la cerradura de latón después de tanto tiempo, solo el terciopelo azul, que empieza a estar blanquecino.


Esta mañana, me desperté temprano. Había dormido mal, así que me puse a limpiar sin hacer ruido para no enredar en la cocina y que el Basi se despertara. Al acercarme a la vitrina, la balanza de latón estaba vacía. Abrí el cristal con cuidado y saqué la caja, me senté en el sofá y la puse sobre mis rodillas. Miré hacia los dos lados y la abrí despacio. Todas las piezas estaban dentro. Era la primera vez en mi vida que la veía así. Me temblaron las manos y estuve a punto de dejarla caer al suelo. La coloqué de nuevo en su sitio y fui de puntillas hasta la habitación.


– Basi, cariño, Basi, ¿estás bien?. Me apoyé en el quicio de la puerta y esperé su respuesta. Nada. Entonces entré y me senté en la cama.


– Me duele el pecho y no me encuentro bien. –dijo sin dejar de toser- Llevo así unos días.


– ¿Por qué no me lo has dicho? No soy adivina, tonto. Venga, descansa un poco, que ahora vengo.


Me agarró la mano muy fuerte. Seguía suave, como su caja de caoba.


– Abre la mesita, anda, y dame el cuaderno, no sea que me duerma y se me ocurra algo que tenga que apuntar, ya te dije que se me olvidan las cosas.


Llamé al médico y a los chicos. Quiere regalarle su caja a la Nena.


Cuando el médico ha salido del cuarto miraba hacia el suelo. Luego, mientras rellenaba unas recetas, me ha contado cosas que no he podido entender.


A mi Basilio ya no le queda media vida para desgastar, se consume más deprisa que sus pesas.


Mientras llegan los chicos, he abierto la vitrina, he sacado la pesa más pequeña y me la he guardado en el delantal.


Maldito abuelo, con su cuento de sumas y restas.

2 comentarios:

Blogger carambolista ha dicho...

es precioso este relato. además de original, me ha encantado. y éste es el relato que dejaste reposar porque crujía? pues menos mal!!
un beso

14 de septiembre de 2010, 9:56  
Blogger Maria Coca ha dicho...

Emotivo y dulce. Un cuento de sumas y restas que vale su peso en oro.

Un besazo dorado para ti, amiga mía.

14 de septiembre de 2010, 19:10  

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