18 julio 2008

Volví a escucharte y algo se me removió por dentro. En la banda sonora de mis recuerdos hay un lugar especial para tí.
Han pasado más de veinte años desde la primera vez. Cambiaron muchas cosas desde entonces, pero algo permanece exactamente igual: la emoción que me producen tu voz y tus letras, esa mezcla mágica que consigue hacerme llorar, reir o soñar dependiendo del momento.
Hemos envejecido a ritmos distintos. La vida nos ha pasado facturas a todos, pero la década de los 80 y los escenarios me pillaron desde el otro lado de la barrera.
Tratamos de bebernos la vida un día más, peinamos canas con una sonrisa pintada al ritmo de La chica de ayer, El sitio de mi recreo, Autorretratos y otras menos conocidas.
Anoche, en la Sala Clamores, disfruté una vez más de tu genio para añadir a mis recuerdos, y se emborronó mi mirada con una canción que me puso los pelos de punta. No fue un concierto de masas, ni de grandes orquestas, pero tu música me hizo sentir como si estuviéramos compartiendo una copa frente a la chimenea.
Comentaste con un poco de sorna que cada vez estáis menos sobre el escenario. Es cierto: no hacía falta más. Sólo tú, la guitarra, Basilio, el piano, una silla y un botellín que no llegaste a probar. Al otro lado, muchas sonrisas que te llegaron en forma de abrazo al compartir una canción.
Gracias por escribir otra página en el diario de momentos especiales de mi vida. Volveremos a vernos. La próxima vez, seremos uno más.
16 julio 2008

Me he despertado en un sofá que no era el mío, acurrucada entre palabras que no hacía falta decir. Mi pelo huele a geranio.
La magia de los sueños.
El día terminó con una lágrima. Pensé que ya no las tenía a fuerza de aguantarlas, pero apareció un mago y me regaló una flor y un abrazo.
Creo que habló de paciencia, no lo sé, porque hoy no entiendo de idiomas. Sonreímos en silencio.
No quise acercarme más, temía que desapareciera al rozarle. Y me quedé dormida dibujando una sonrisa.
15 julio 2008
Menuda palabreja. La primera vez que Jimena la oyó, no tuvo muy claro si se referían a las libretas de toda la vida o si hablaban de ese mundo un poco friki en el que parecía estar metida hasta la portera del edificio, pero prefirió no preguntar para que no se notara que se sentía fuera de onda. Recordaba a su madre con media sonrisa repitiéndoles en casa que la ignorancia es muy atrevida y que no se metieran en una conversación de la que no supieran salir. Le hizo caso en aquella ocasión y apenas abrió la boca. Pero el tema no había hecho más que empezar.
Al llegar a casa, encendió el ordenador y buscó la palabra en Google. Después de echar un vistazo, ver fotos, leer comentarios y curiosear un poco por la red, cerró la sesión y se sentó en la vieja butaca de madera a leer cuentos. Le gustaba hacerlo con un lápiz multicolor para subrayar palabras o expresiones que le llamaban la atención, alguien le había enseñado hace tiempo a disfrutar del placer de repasar viejas notas. Ben Harper sonaba de fondo. Estaba tan cansada que no tardó en quedarse dormida, acurrucada entre palabras, soñando con princesas prometidas, con cuevas y con magos.
Unos días después alguien volvió a mencionar los blogs en el trabajo. Un compañero al que Jimena no tragaba, mantenía que el que no tiene uno hoy en día no es nadie, no tiene tarjeta de visita. Resulta que la palabrita en cuestión se estaba colando como una mosca cojonera y no parecía fácil deshacerse de ella a menos que decidiera bucear de una vez en ese mundo para conocer qué llamaba tanto la atención de propios y extraños.
Ni siquiera esperó a llegar a casa. Aprovechando que tenía muy poco público, husmeó aquí y allá y descubrió que le gustaba, o sea, que podía convertirse en otra adicción. Una más. A Jimena le costaba muy poco engancharse a algo y eso le asustaba, ya le pasó con otras cosas y con otras personas, pero había cosas muy interesantes por descubrir y no estaba dispuesta a perdérselas. Quién sabe, a lo mejor también se decidía a abrir uno con el tiempo para compartir sus letras. Quizá fuera un abismo más por superar. Eso sí, si lo hacía, no sería con su nombre de verdad, para que nadie la conociera. Era como jugar a un baile de máscaras o como entrar en esos laberintos de espejos que deforman la imagen hasta hacerla irreconocible, parecía divertido.
Esa tarde no quiso quedarse con los compañeros de la oficina a tomar unas cañas a pesar de que era viernes y siempre lo hacían. Se despidió nada más salir y fue derechita para casa. No esperó el ascensor, subió las escaleras casi saltando por los peldaños de dos en dos y llegó a la puerta con un resuello que no le dejaba respirar, tiró el bolso sobre el sofá, se descalzó y se sentó frente al ordenador mientras encendía el contestador automático para escuchar los mensajes.
Quería curiosear , como quien mira por el ojo de la cerradura para ver qué se esconde al otro lado, sin dejar huellas. Estuvo así una temporada, a hurtadillas, saltando de un blog a otro en silencio, seleccionando los que le gustaban y aprendiendo de lecturas que le dejaban mejor sabor de boca que alguno de los libros que había terminado últimamente, por mucho que se los hubieran recomendado. Le gustaba empezar el día buscando entre sus preferidos para ver las cosas nuevas y hasta se molestaba o preocupaba cuando tardaban mucho en incluir una entrada. Incluso se topó con amigos que ni siquiera sabía que escribían y con escritores que ni siquiera eran sus amigos. Aún –pensó–.
Una tarde, después de varias horas frente a la pantalla, salió a dar un paseo para ver si se olvidaba del dolor de cabeza. Se acercó con su perro hasta el parque de la esquina y buscó un banco a la sombra. Sacó del bolso su cuaderno verde de cuentos, pero antes de empezar a escribir se quedó dormida. Entonces vio cómo las palabras saltaban de sus manos, volaban por el parque como hojas secas y se colaban en la pantalla de su ordenador haciendo dibujos con su nombre.
Dime que saliste con idea de volver, pero que te gustó la lluvia y te quedaste.
O que estabas cansado de ponerte gafas de sol y decidiste esconderte en una nube.
Dime que quieres cambiar, que te has descubierto inquietudes con las que no contabas.
O que el mundo es más grande de lo que creías y te apetece patearlo.
Dime sólo que te vas, pero no me mires como si suplicaras ayuda.
No me mientas ni te cuentes mentiras. Hoy no.