09 mayo 2008

Espejos

El armario de mi ropa es un desastre.

A veces, cuando no encuentro justo lo que busco, hago el propósito de sacar todo y ordenarlo. Tirar lo que ya no me pongo, revisar la ropa que me dejó de venir, clasificarlo por colores, no sé, cualquier cosa que sirva para saber en qué percha colgué cada prenda, pero es un propósito que dura lo mismo que cuando decido ponerme a régimen, estudiar más, ahorrar o dejar de escribir. O sea, nada.

Y no es por falta de voluntad, sencillamente, cuando me pongo a ello se me ocurre algo entre medias que me apetece más.

Hubo un tiempo en que mi gemela y yo estábamos empeñadas en comprar nuestras casas a la misma altura precisamente para unirlas por un armario que diera a las dos. Por suerte para nuestras parejas, aún no lo hemos conseguido, pero eso es otra historia.

El usar la misma talla hace que a veces no distingamos qué ropa es de cada una, aunque contrariamente a lo que recuerdo de nuestra adolescencia, tampoco nos importa demasiado. Si algún día las hadas o la lotería nos conceden ese deseo, será divertido.

Para entonces, si es que no hemos cambiado de gustos, habrá que colocar las cosas siguiendo algún tipo de orden lógico. No tiene sentido que las minifaldas más cortas estén a su lado, o que los jerseys de cuello alto lo hagan al mío, no vaya a ser que me equivoque y me pase la mañana intentando respirar. Mientras tanto, nos conformamos con llevar bolsas de una casa a la otra, desnudarnos frente al ventanal del salón para cambiarnos algo que lleva la otra o meternos en el baño de la consulta del dentista y salir con la ropa contraria a la que hemos llegado. Digamos que no nos preocupa demasiado la cara que ponen los que están alrededor.

Por la mañana, después de la ducha, abro las puertas, me siento a los pies de la cama y paso la vista de lado a lado para encontrar algo que case con mi estado de ánimo. Hay días en los que es difícil acertar, y termino corriendo para coger el autobús y no tener que explicarle a mi jefe los motivos de mi retraso.

Para gustar a los demás, hay que empezar por gustarse a uno mismo. Eso es algo que sirve no sólo para la ropa, claro.

Pero algunos días, ni por ésas. No me gusto y ya está, da igual cómo se ponga el espejo.

Por más que lo intente, salgo a la calle convencida de que el escote es exagerado, el vestido demasiado transparente o los tacones me van a matar los pies. O al revés, que los vaqueros me darán calor y la chaqueta no pega con las gafas de sol.

Es más fácil echarle la culpa a la ropa que buscar las tonterías que han decidido dar vueltas en mi cabeza.

Subo al autobús deseando que termine la jornada para volver a casa, ponerme cualquier cosa y salir de nuevo a comprar un décimo de lotería que haga las mañanas más fáciles.

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