04 agosto 2008

Malabares



La primera vez que la vio en la Glorieta de Emilio Castelar no se lo podía creer. Estaba guapísima y su sonrisa llenaba toda la calle.
Se quedó mirándola un buen rato sin darse cuenta de que los coches de detrás pitaban porque el semáforo estaba en verde. Le hubiera gustado quedarse allí toda la mañana observando cómo se movía.
Lanzaba las mazas al aire y, sin dejar de sonreír, las iba cogiendo una a una, cruzándolas con el sombrero o con las piernas, como si formaran parte de su cuerpo y le obedecieran. Vestía minifalda negra de vuelo y camiseta con un corazón de lentejuelas. Nadie pasaba por su lado sin volver la cabeza para mirarla.
Una de las ventajas de Madrid (o de los inconvenientes), es que lo mismo puedes disfrutar de un mimo callejero que del estreno de un musical, no sabes quién es tu vecino de descansillo, pero te encuentras con alguien que no esperas en la otra punta de la ciudad.
Maribel era reservada. Sus ojos color miel destacaban entre la melena pelirroja y rizada que heredó de su madre, aunque ahora la llevaba recogida en un moño sujeto con un alfiler en forma de espada. Se maquillaba poco, lo justo para disimular un poco las pecas y las ojeras los días que no lograba dormir bien, luego, un poco de rímel y lista.
Cinco años de Facultad y en casa aún la veían como una niña. Que si no llegues muy tarde, que si pasas muchas horas en la biblioteca, que a ver con quién vas. Le decían que había sacado el carácter de su abuela, un espíritu libre, aunque con menos pájaros en la cabeza, por suerte. Y entonces Maribel sonreía, porque siempre tuvo un trato especial con ella y la adoraba, además, que fuera escritora la ponía en una situación privilegiada frente a sus amigos, porque nadie contaba historias como las suyas y todos envidiaban tener a alguien así tan cerca. Al despertar, una ducha rápida, desayuno ligero y ensayar frente al espejo sonrisas y muecas mientras se cepillaba los dientes. Luego lanzaba un par de besos al aire y salía disparada para no perder el Cercanías que la acercaba al centro. Su madre le decía que era un poco teatrera y que había hecho bien en dedicarse a los números, porque un banco era un trabajo seguro.
No como su padre, que se dejó media vida en los escenarios para nada, porque desde que cerró el Teatro Alfil, no parecía el mismo y ella no perdía ocasión de recordárselo. Ya ni siquiera se molestaba en afeitarse y pasaba las tardes sentado en un sillón recordando los aplausos. Menos mal que hace años le convenció para abrir un plan de jubilación y ahora podían vivir con eso, porque a él nunca le preocupó el dinero con tal de tener para los estudios de la niña y poco más, algún viaje a la playa, una cena romántica y libros. Si no fuera por ella, cualquiera sabe cómo habrían terminado las cosas. Y es que ya se lo advirtió la Mari cuando cerró la fábrica de yesos de su marido –Que te busques las lentejas, que con el subsidio no da ni para la hipoteca, que cualquier día te ves en la calle. Pero su madre lo tenía todo pensado y después de muchas explicaciones sin que él abriera la boca, convenció a su Manolo para que metiera lo de la herencia en un plan de pensiones, que eso nunca falla, que se lo había contado el director del Banco, vecino de toda la vida, un hombre de fiar. Y Manolo, por no discutir, firmó un montón de papeles y siguió en el teatro hasta que recibió la carta de despido cuando cerró sus puertas. No sirvieron de nada las sentadas frente al ayuntamiento, ni las pancartas, ni las recomendaciones para otros locales, nada. No quería comerse el mundo, ni llamar de puerta en puerta, ni marcharse a casa con una prejubilación y dedicarse a hacer puzles.
Maribel no tendría nunca ese problema, porque los bancos no cierran como el teatro Alfil, ni la gente termina en la cola del paro.
Por eso su madre le regaló un traje de chaqueta el día de su cumpleaños, nada de bolas de cristal con nieve de mentira o libros para soñar, que ya estaba bien de tanta quimera y eso no paga las lentejas, no, un traje, oscuro, de los que no pasan de moda, aunque quedara fatal con la mochila que se empeñaba en llevar a todas partes. La gente no va con traje oscuro y mochila, eso lo sabe todo el mundo, pero en un bolso no caben las deportivas, ni la tartera para el mediodía y Maribel dio por zanjado el tema. Así que salía temprano de casa y se quitaba los tacones en el andén, desenredaba el gancho que le sujetaba el pelo y jugaba con los rizos húmedos que aún olían a su champú de melocotón. No volvía antes de las cuatro, a veces más tarde, que los novatos siempre tienen cosas que hacer, y quién sabe, a lo mejor algún día también podría ascender de categoría, que para eso había estudiado tanto y no hay vecina en el barrio que no lo sepa, que ya se ha encargado su madre de presumir delante de todas, porque nunca pudo hacerlo con el trabajo de Manolo, que hasta se inventaba que era el director del teatro para que no supieran lo de actor, que suena hasta mal decirlo y en un barrio de obreros como el suyo, el que se maquilla es maricón y no se hable más. Pero su madre era lista, y no lo contaba, aunque se dieran codazos unas a otras mientras explicaba un nuevo ascenso. Y ahora tan contenta, explicándole a la Mari que a la niña no le iba a faltar de nada.
Menos mal, porque Manolo se pasaba las horas muertas en el sofá, con la mirada perdida, masticando la derrota de verse frente al televisor un día tras otro, con ganas de nada, sin maquillarse las ojeras para salir a escena porque en el salón de casa el público dejó de aplaudirle el día que se avergonzó de lo que más le gustaba. Maribel le daba un beso en la nariz y le guiñaba un ojo como cuando era chiquitina, pero él sentía que ya no era su niña, sobre todo con aquel traje oscuro y el pelo recogido con el que casi no la reconocía.
Por eso se alegró tanto el día que su mujer le obligó a ir a una entrevista de trabajo en unas oficinas del centro, aunque no tuviera ganas de hacerlo, aunque los coches pitaran y su pequeña no le hubiera deseado suerte como cuando iba al teatro.
Volvió a sentir que el estómago se le revolvía como si se abriera de nuevo el telón, buscó un billete en la cartera y cuando Maribel se acercó a la ventanilla con el sombrero en la mano y los rizos cayendo por los hombros, le dedicó una sonrisa y con los ojos llenos de lágrimas, le dijo bajito –Mucha mierda, hija, mucha mierda.

5 comentarios:

Blogger Chiki ha dicho...

:-)

Mola.
Chiki

4 de agosto de 2008, 9:47  
Blogger Hache ha dicho...

Ilusión. Qué bonita palabra y cuánto encierra. Si se pierde, se apaga la mirada. Ese semáforo le devolvió el brillo a ese padre.

Mereció la pena esperar.

4 de agosto de 2008, 10:03  
Blogger Chiki ha dicho...

Ey, que se me olvidó decírtelo. El otro día pasé por la glorieta de Emilio Castelar y allí estaba el chico (era chico ese día) de los malabares. Joer, le di tres euros y me vine a casa más contenta que la qué.

Beso
Chiki

10 de agosto de 2008, 20:46  
Blogger ileana ha dicho...

HISTORIAS DE LA VIDA REAL. AFORTUNADAMENTE TODAS, UNAS MAS, OTRAS MENOS LLEVAMOS UNA MARIBEL DENTRO.

FELICIDADES POR TU BLOG.
Y TE INVITO A QUE DES UN PASEILLO POR MI PORTAL DE RECIENTE ESTRENO TITULADO
http://mydreams-ileana.blogspot.com

13 de agosto de 2008, 23:38  
Blogger Ana ha dicho...

Maraña, dos euros muy bien gastados, te debo una caña.
Hache, no imaginas lo que encierra...como dice Ileana, todas llevamos una Maribel dentro. Besitos

15 de agosto de 2008, 23:06  

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